Yoga y psicoterapia: dos miradas sobre una misma conciencia (2ª parte)

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En la primera parte de este articulo escrito por Andrea Märtens, directora del centro de Yoga Avagar, tratamos sobre las principales confluencias entre el yoga y la psicoterapia. En esta segunda parte nos referiremos a sus diferencias y cuanto enriquecen nuestra conciencia.

Respecto a las diferencias entre yoga y psicroterapia, por encima de todas las posibles también hay una, a mi juicio,  fundamental, que es en la que me gustaría centrarme. El concepto del yo, de la identidad personal. Básicamente el planteamiento psicoterapéutico trata de aliviar los sufrimientos del yo, proponiendo mejores adaptaciones, mejorar las relaciones con los demás y con uno mismo.

Para el enfoque yóguico (y oriental en general), los conflictos que plantea el tener un yo, un ego, son de tal calibre que su camino es el de trascenderlo, matarlo o desidentificarse de él, según escuelas. Podríamos expresarlo como: “El sufrimiento está en el yo pero Yo no soy mi yo” así que sufre mi yo o mi ego, pero no Yo. Es por eso que tantos maestros podrían resultarnos desequilibrados a nuestros ojos, pero es su ego el  que es desequilibrado o neurótico y ellos no son su ego.

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Entonces uno se preguntaría: ¿Es apropiado centrarse en resolver conflictos del Ego? ¿No es más rápido invertir nuestra energía en eliminarlo? Yo me lo he preguntado muchas veces. Lo cierto es que en la práctica todos conocemos personas que tras años de ardua práctica espiritual no logran resolver conflictos básicos de su vida. Jack Kornfield cuenta con gracia en su libro “Caminos del corazón”, como tras cinco años viviendo como monje budista en Asia, volvió a EEUU sintiéndose liberado de su ego y comprobó con asombro que seguía manteniendo sus mismos patrones de relación inmaduros, sus miedos, sus sentimientos de culpa. También conocemos el caso contrario de la persona que, tras años de psicoanálisis, no ha podido dejar de sentir angustia o miedo a lo desconocido, aunque eso sí, lo ha comprendido.

Creo que la pregunta ego sí o ego no, es irresoluble planteada así. Estoy de acuerdo con Pániker cuando dice que el ego no es más que una fase evolutiva de la Humanidad. No siempre existió como la única realidad, pues hubo una época de identidad tribal en la que nadie era nada fuera de la tribu. El yo era la tribu. Todos podemos estar de acuerdo en que el ego es una construcción a la medida de nuestras necesidades materiales, pero que también plantea muchos problemas. Mi sentir es que hoy día hemos llegado al extremo total de la potenciación del ego, de la individualidad y por eso mismo estamos preparando un salto evolutivo hacia otro tipo de identidad. Para ello será necesario ampliar nuestro foco y salirnos de la dualidad ego sí- ego no.

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El self  como manifestación del Ser no es algo estático sino cambiante. Cuando digo que yo soy yo, aparece el self individual, una unidad de existencia con sentido y conciencia propios. También con un centro de gravedad propio, mi propio ombligo. Pero cuando abrazo amorosamente a alguien y me fundo con el otro, por ejemplo durante un acto sexual, mi self individual desaparece, ya no puedo decir que yo soy yo. Entonces aparece un self más amplio que incluye al otro, somos un nosotros. Mi centro de gravedad se desplaza desde mí a esa nueva unidad con conciencia propia que es el nosotros. Somos un self absoluto con un centro de gravedad compartido.

El juego del self consiste precisamente en su movilidad. Es maravilloso sentirse uno con la persona amada, poseer un solo centro de gravedad compartido. Pero es igualmente importante poder separarnos, recuperar cada uno su ombligo y ser por tanto dos ombligos enfrentados, reconocer nuestra diferencia, pues ahí comienza el respeto por el otro como existencia individual.

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De acuerdo con Joshu Sasaki, cada vez que digo Yo soy, afirmo mi centro de gravedad. Cada uno de nosotros poseemos un centro, también los animales, las rocas o esta mesa. Todos los seres están  afirmándose a sí mismos. Pero sucede que cada vez que afirmo un yo con mi centro de gravedad o afirmo un nosotros con un centro de gravedad compartido, necesariamente defino un otro, un no-yo. Cada vez que digo que yo soy yo, digo que tú no lo eres; cada vez que digo  en mi familia de origen que  nosotros somos los Märtens, digo que vosotros no lo sois.

¿Qué sucede cuando en un estado de samadhi mi conciencia de ser es una con todo, yo soy todo? Es reconocer que solo existe un centro de gravedad en el universo y yo estoy sentada sobre él. Y usted… Si soy todo ya no hay nada fuera de mí, no hay otro. Por tanto tampoco hay un yo. Hemos llegado a la famosa disolución del Yo que propugna Patanjali. Es algo tan sencillo, tan nuestro, tan de todos.

Todos existimos y nos afirmamos en nuestra existencia. No hay nada de malo en eso mientras no dejemos de ver el baile, el movimiento continuo de desplazamiento de centros de gravedad, de ampliaciones y estrechamientos del self.

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Por el modo en que nos han educado, los occidentales tenemos una idea de que es difícil y requiere un gran esfuerzo trascender el ego, es algo de “iluminados” o “místicos” que requiere mucho ayuno y mucho dolor de rodillas. Nada más lejos de la realidad. Más bien al contrario, la naturaleza del self es móvil y sostener la idea del yo individual constante requiere realmente una coerción al self, es como ponerle un collar a un perro para que no salga corriendo.  Basta soltar esa autoafirmación para que el self, siguiendo su naturaleza, cambie de forma. Nos pasa a todos, lo sepamos o no. Nos pasa cuando dormimos. Nos pasa cuando  amamos. Si además ponemos la atención en ello podemos jugar con nuestra conciencia mucho más: nos iluminamos. Los seres humanos tenemos esta capacidad de desplazar nuestro centro de gravedad a voluntad una vez que hemos entendido en que consiste el juego de la existencia.

El famoso y denostado ego, no es nada más que una de las posibilidades del self que se define a partir de las coordenadas espacio-temporales y de la vivencia corporal. Cuando amplío mi self individual, el tiempo y el espacio desaparecen. El deseo también desaparece pues no existe en el self absoluto.

La sabiduría de la vida consiste precisamente en tener conciencia de cómo mi self individual se disuelve en el self absoluto, y como mi self absoluto vuelve a individualizarse, a afirmarse en el yo, pero habiéndose  enriquecido con la experiencia vivida. Así en un eterno ir y venir que recuerda al juego de las muñecas rusas. ¿No os fascinaban en la infancia? A mí desde luego me fascinaban. Es porque nos decían algo muy importante de nosotros. Que somos así, que nuestro self, o nuestro sí mismo, es siempre el mismo pero está en movimiento, crece y descrece, se amplía y se empequeñece.

Considero que coartar su movilidad es agredir su naturaleza. Encallecernos en el ego o forzarnos al no ego es no comprender qué es el self y por tanto dañarnos. Si somos algo, esto es puro fluir, puro movimiento.

Un apunte científico a esto: hay estudios recientes sobre qué pasa en el cerebro durante la experiencia mística,  realizados por dos científicos de Pennsilvanya, Andrew Newberg y Eugene D’Aquili. A través de imágenes de tomografía por emisión de positrones (TEP) han descubierto que en estados de meditación y oración se desactivan ciertas zonas del cerebro que regulan la personalidad, permitiendo que los meditadores pierdan la identificación con el yo individual y se identifiquen con la totalidad.

Por otro lado, se intensifica la actividad de la parte frontal del cerebro, intensificando la visualización, mientras que desciende la actividad en la zona de los lóbulos parietales, que es la que desempeña  la función fundamental para ubicarnos en el espacio y el tiempo y por tanto de distinguirnos de los demás.

Yoga y psicoterapia o, dicho de otro modo, oriente y occidente unidos cada uno con su enfoque, se enriquece, nos enriquecemos todos y preparamos así, el salto evolutivo, el cambio de conciencia  que toca ahora.

Gracias por leernos. 

 

 

 

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2 comentarios sobre “Yoga y psicoterapia: dos miradas sobre una misma conciencia (2ª parte)

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